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Archive for the ‘Filosofia’ Category

(fuente: http://www.dreig.eu/caparazon/2009/04/28/conservadurismo-y-deficit-cognitivo/)

Por Dolors Reig
Pues quizás no hacía falta, pero una investigación reciente (Lazar Stankova, del Instituto Nacional de Educación en Singapur, Conservatism and cognitive ability, Intelligence, v37, n3, pp. 294-304, May-June 2009) demuestra que el conservadurismo y las habilidades cognitivas correlacionan de forma negativa.

O lo que es lo mismo, dicho de forma más provocadora: que aquellos que son más resistentes al cambio o reticentes a admitir puntos de vista, formas de vida, opciones dispares de las propias y conocidas, están poniendo de manifiesto su falta de inteligencia.

Os dejo traducción del abstract (resumen de la investigación):

“La evidencia se basa en un estudio de 1254 estudiantes más 1600 aspirantes a entrar en Universidades en US.  En un primer nivel de análisis, el conservadurismo correlacionaba de forma negativa con el  SAT (test de suficiencia para escuelas en EEUU, pruebas de vocabulario y analogías. A nivel nacional, el conservadurismo correlacionaba de forma negativa con el nivel alcanzado en la educación formal y el desempeño en matemáticas y lectura según el programa PISA (Programme for International Student Assessment). “

Existe cierto desacuerdo sobre la definición de “conservadurismo”. La definición de la que se parte no se limita a ideologías políticas o cuestiones de estatus socio-económico, sinó que se refiere a aspectos sociales y de personalidad:

“El “síndrome conservador” describe una persona que da particular importancia al respecto de la tradición, la humildad, la moderación, la obediencia, la auto-disciplina, la cortesía, el orden social, la familia, la seguridad nacional, el orgullo de pertenecer a un grupo con el que se identifica. Una persona conservadora suscribe creencias religiosas convencionales ya acepta, sin cuestionarlas, experiencias místicas y paranormales. La misma persona se presenta como menos abierta a desafíos intelectuales y tiende a ser el buen ciudadano, responsable en el trabajo y la sociedad, a la vez que manifiesta actitudes hostiles hacia aquellos que no pertenecen a su grupo”

Podéis encontrar más datos sobre el estudio en la librería digital científica de  Elsevier: Table 1, Table 2, Table 3.

No es algo que nos sorprenda. La propia web es un entorno de conocimiento basado en la diversidad, en la libre construcción de realidades, en su vertiente social identidades, según el conocimiento de un abanico amplio de opciones.

Los que trabajamos por hacer llegar su espíritu a la sociedad sabemos que la oportunidad de progreso, de liberación de ciertas cargas culturales retrógradas que conlleva,  es inmensa.

Me aventuraría a asegurar que, partiendo de que el conservadurismo proviene en muchas ocasiones de la disonancia cognitiva (y consecuente malestar emocional) que se genera entre lo nuevo, lo innovador y lo viejo, cómodo y conocido,  desde una óptica Conectivista, a mayor número de conexiones, más amplias serán nuestras estructuras mentales y por tanto menos vulnerables al miedo, la parálisis, que pueda provocar cualquier idea nueva.

No es nada nuevo que la formación nos hará más libres, más diversos, más tolerantes, pero no está de más repetirlo.

Nota consultada: UMBC Ebiquity

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-Mediocridad

(PELIGROS SOCIALES DE LA MEDIOCRIDAD – del Libro : “El hombre mediocre” de José Ingenieros )

La psicología de los hombres mediocres caracterizase por un riesgo común: la incapacidad de concebir una perfección, de formarse un ideal.

Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter a las domesticidades convencionales.

Están fuera de su órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras; ignoran la quimera del artista, el ensueño del sabio y la pasión del apóstol. Condenados a vegetar, no sospechan que existe el infinito más allá de sus horizontes.

El horror de lo desconocido los ata a mil prejuicios, tornándolos timoratos e indecisos: nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca.

Son incapaces de virtud; no la conciben o les exige demasiado esfuerzo. Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; a veces no delinquen por cobardía ante el remordimiento.

No vibran a las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque ignoren la serenidad; apáticos sin ser previsores; acomodaticios siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo una tierna caricia, ni abalanzarse de indignación ante una ofensa.

No viven su vida para sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus similares. Carecen de línea; su personalidad se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer. Trocan su honor por una prebenda y echan llave a su dignidad por evitarse un peligro; renunciarían a vivir antes que gritar la verdad frente al error de muchos. Su cerebro y su corazón están entorpecidos por igual, como los polos de un imán gastado.

Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número suple a la febledad individual: acomúnanse por millares para oprimir a cuantos desdeñan encadenar su mente con los eslabones de la rutina.

Substraídos a la curiosidad del sabio por la coraza de su insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total; por eso la mediocridad es moralmente peligrosa y su conjunto es nocivo en ciertos momentos de la historia: cuando reina el clima de la mediocridad.

Épocas hay en que el equilibrio social se rompe en su favor. El ambiente tórnase refractario a todo afán de perfección; los ideales se agostan y la dignidad se ausenta; los hombres acomodaticios tienen su primavera florida. Los estados conviértense en mediocracias; la falta de aspiraciones que mantengan alto el nivel de moral y de cultura, ahonda la ciénaga constantemente.

Aunque aislados no merezcan atención, en conjunto constituyen un régimen, representan un sistema especial de intereses inconmovibles. Subvierten la tabla de los valores morales, falseando nombres, desvirtuando conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontera, la admiración una imprudencia, la pasión ingenuidad, la virtud una estupidez.

En la lucha de las conveniencias presentes contra los ideales futuros, de lo vulgar contra lo excelente, suele verse mezclado el elogio de lo subalterno con la difamación de lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual a los espíritus arrocinados. Los dogmatistas y los serviles aguzan sus silogismos para falsear los valores en la conciencia social; viven en la mentira, comen de ella, la siembran, la riegan, la podan, la cosechan. Así crean un mundo de valores ficticios que favorece la culminación de los obtusos; así tejen su sorda telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, obstruyendo en los pueblos la admiración de la gloria. Cierran el corral cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo inequívoco de un águila.

Ningún idealismo es respetado. Si un filósofo estudia la verdad, tiene que luchar contra los dogmatistas momificados; si un santo persigue la virtud se astilla contra los prejuicios morales del hombre acomodaticio; si el artista sueña nuevas formas, ritmos o armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las hipocresías del convencionalismo; si un juvenil impulso de energía lleva a inventar, a crear, a regenerar, la vejez conservadora atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad, la turba de los serviles le ladra; al que toma el camino de las cumbres, los envidiosos le carcomen la reputación con saña malévola; si el destino llama a un genio, a un santo o a un héroe para reconstituir una raza o un pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten para encumbrar sus propios arquetipos. Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del Santo Oficio.

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-Los Paradigmas

¿Qué es un Paradigma?

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice: Ejemplo o ejemplar (pág. 1010 Tomo II Edición 1984) “Un Paradigma es cualquier conjunto de reglas y reglamentos. Esas reglas y reglamentos (también conocidos como procedimientos, normas, rutinas)

a) Establecen límites haciendo de patrón y delimitando fronteras.

b) Estas reglas y reglamentos nos dicen además cómo tener éxito al resolver situaciones que se presentan dentro de dichos límites.

Efecto Paradigmático:

Los paradigmas filtran la percepción de nuestra experiencia. Todo el tiempo observamos el mundo a través de nuestros paradigmas. Constantemente seleccionamos del mundo los datos que se ajustan mejor a nuestros patrones y tratamos de hacer caso omiso del resto, haciendo como si no existiera.

Como resultado, lo que puede ser perfectamente obvio para una persona con un paradigma, puede resultar totalmente imperceptible para alguien cuyo paradigma sea diferente. A este fenómeno se le llama “Efecto Paradigmático”.

Flexibilidad del Paradigma:

La flexibilidad del paradigma, también llamada adaptabilidad del paradigma, es lo opuesto a la parálisis paradigmática. Es un comportamiento activo en el que planteamos contradicciones regulares a nuestros paradigmas. La flexibilidad del paradigma nos ayuda a tener la capacidad de reconocer las nuevas ideas, las ideas potencialmente mejores, que pueden existir fuera de nuestros paradigmas.

Parálisis Paradigmática.

La parálisis paradigmática es la creencia de que hay y solo puede haber una manera de hacer las cosas y que no existe un modo mejor u otro modo. Nos encerramos en un método específico para resolver los problemas, tratamos de resolverlos empleando nuestros paradigmas existentes.

Nos ciega el éxito de nuestro antiguo paradigma y de nuestras inversiones en él. Cuando confrontamos una forma muy nueva y diferente para continuar nuestro éxito en el futuro, podemos rechazarlo, porque no se ajusta a las reglas en que nos desenvolvemos tan bien.

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(fuente: http://www.elpais.com/articulo/carreras/capital/humano/Todavia/ha/cambiado/paradigma/elpepueconeg/20090308elpnegser_2/Tes)

El premio Nobel de Física, Albert Einstein (1879-1955) afirmó que “no puede resolverse un problema pensando de la misma forma que cuando fue creado”. De ahí que la crisis económica actual requiera que la sociedad en general y los empresarios en particular aprendan a pensar de una manera diferente para encontrar una solución eficaz y sostenible en el medio plazo.

Éste es el campo de investigación y divulgación del doctor Edward de Bono (Malta, 1933), prolífico escritor, psicólogo por la Universidad de Oxford y reconocido experto mundial en técnicas de pensamiento creativo e innovador, como los Seis sombreros para pensar y el Pensamiento lateral. Recientemente ha participado en la reunión anual de ex alumnos de EADA, donde aseguró que “el cambio climático no es la principal amenaza de la humanidad, sino la estrechez de nuestro pensamiento”.

Pregunta. ¿Qué ha averiguado acerca del funcionamiento de la mente?

Respuesta. La mente humana es un instrumento complejo y muy poderoso. Si no se utiliza adecuadamente genera malestar, ineficacia y, en definitiva, resultados pésimos, tal como estamos viendo hoy en día. Se sabe que nuestro cerebro es experto en crear patrones de pensamientos rutinarios, casi mecánicos. Pero no es muy bueno cambiándolos. Por eso nos cuesta tanto gestionar las crisis, que son tan necesarias para introducir cambios y poder así evolucionar.

P. ¿Y por qué cuesta tanto cambiar?

R. Porque somos y pensamos tal y como nos han condicionado desde pequeños. Una vez conformado nuestro sistema de creencias y, por ende, nuestro concepto de identidad, empezamos a pensar y a percibir la realidad de forma estandarizada y subjetiva, limitando las infinitas posibilidades que cada instante ofrece. Independientemente de lo que nos suceda, si experimentamos malestar es que nuestra interpretación del hecho en sí es limitada y, por tanto, equivocada. La negatividad es un síntoma de falta de imaginación y creatividad. No sirve absolutamente para nada.

P. Todo se reduce a una cuestión de percepción…

R. Si cambia nuestra percepción por medio del pensamiento, cambia por completo nuestra visión de la realidad. Y, como consecuencia, también cambia nuestra actitud, nuestro comportamiento y nuestra manera de relacionarnos con los demás y con el entorno del que todos formamos parte. Así, es imposible que cambie nuestra conducta si no cambiamos primero nuestra manera de pensar y nuestras creencias. Aunque muchos siguen aferrándose a su zona de comodidad, donde se encuentran sus viejos hábitos, algo se está cociendo lentamente en nuestra sociedad. La pregunta que uno debe hacerse es: ¿todavía no he cambiado de paradigma?

P. ¿A qué se refiere?

R. Ahora mismo, el gran reto que exige el mundo es que la humanidad cambie de paradigma, es decir, que cambie nuestra manera de ver y de interactuar con la realidad, aprendiendo a diseñar el futuro en consonancia con nuestros verdaderos valores y necesidades humanas. No podemos seguir funcionando desde nuestro egoísmo y egocentrismo. Es hora de funcionar desde el “nosotros”, desde la cooperación y el altruismo, a partir de lo que podemos crear verdadero sentido a nuestra existencia.

P. Sin embargo, la crisis parece haber acentuado el miedo, la negatividad y la lucha por la supervivencia…

R. Puede ser. Pero, ¿de qué sirve temer algo que todavía no ha sucedido? ¿Qué beneficios me comporta ser negativo? Toda la energía que no destinamos a construir nos destruye. Por eso ir en contra de algo no tiene ninguna utilidad. Lo que funciona es el diseño y la creación de alternativas útiles y eficaces orientadas a la resolución de conflictos y problemas. Y no hay nada que genere mayor creatividad que ver las cosas tal como son en vez de como nos gustaría que fueran. Sin embargo, la mayoría de la población no es dueña de sí misma, de sus pensamientos, de su perspectiva. Y el cansancio derivado de su impotencia les esclaviza a reaccionar impulsiva y negativamente por pura inercia, perdiendo oportunidades para crear bienestar y valor añadido.

P. ¿Y qué ocurre dentro de las empresas?

R. Lo mismo que fuera de ellas. La gente se niega a aprender de las cosas que le va sucediendo en la vida, con lo que sigue estancada, lo que le impide crecer y mejorar. Y esto es extrapolable a las empresas. La insatisfacción de los colaboradores es sólo un indicador de que hace tiempo que las cosas tendrían que haber cambiado. Pero hasta que no cambie la mentalidad de las personas, todo permanecerá igual. Es una ley eterna e inquebrantable.

P. ¿En qué consisten sus seminarios para empresarios?

R. Simplemente dedicamos tiempo y espacio para aprender a pensar de forma consciente, lo cual es una cuestión de compromiso y entrenamiento. El objetivo es reprogramar nuestra mente con información basada en la sabiduría. Sólo así es posible cambiar nuestro sistema de creencias y, en consecuencia, empezar a interpretar la realidad de forma menos egocéntrica y mucho más objetiva, potenciando nuestro bienestar emocional y nuestro talento para la innovación y la creatividad.

P. ¿Y cómo se consigue?

R. Con esfuerzo y disciplina. De lo que se trata es de fomentar que el acto de pensar sea voluntario, consciente y sostenido, enfocándonos en todo aquello que sea positivo, creativo y constructivo. En el fondo, nadie quiere pensar de otra manera, pero se resignan por falta de competencia. Las personas más inteligentes que he conocido juegan con su pensamiento, pues son conscientes de su increíble potencial creador. Lo que usted crea es el resultado de lo usted que cree. Piense en ello. –

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(fuente: http://www.griegosytroyanos.com/?p=214)

Hace ya algunos años que, desde varios frentes, más frecuentemente desde los medios de comunicación y desde política moderna, se nos ha estado “predicando” un nuevo mensaje de tolerancia, armonía, paz, amor, etc. Y todo ello servido en una abundante salsa de pensamiento Políticamente Correcto.

Me encanta la idea de que vivamos en armonía y que nos toleremos mutuamente, en paz y amor, que vivamos y dejemos vivir, pero si embadurnamos todo eso en una sistemática conducta “políticamente correcta”, lo que estamos haciendo, en realidad, es fomentar el desarrollo de una sociedad hipócrita, artificial e irreal, donde la gente dice solamente lo que cree que los demás quieren oír, y donde hay temor a expresarse con libertad.

Os indico tres razones (medias verdades) que hacen que me oponga a la filosofía de lo Políticamente Correcto:

1 – Ser políticamente correcto es algo positivo. Somos adoctrinados, cada día, y de forma más o menos sutil, con la enseñanza de que ser políticamente correctos es algo positivo. Lamento decirte que eso es sencillamente una media verdad.
Todo el mundo debería tener como una de sus principales metas el llegar a ser considerados por los demás como una persona correcta (sin más), y no como una persona “políticamente correcta”. Si somos correctos en nuestra forma de vivir y convivir, ¿para qué necesitamos que nuestra corrección sea también política? De hecho, cuando se piensa en algo “político”, con perdón de los políticos serios (que deben ser mayoría), lo que se nos viene a la mente no es precisamente algo bueno. Los políticos, en general, están identificados con esta imagen, la de aquel que promete mucho y luego… luego las palabras se las lleva el viento… Si eres correcto en tu vida, no dejes que un adverbio (“políticamente”) de dudoso significado cambie el sentido de tu conducta.

2 – Ser políticamente correcto es ser educado. Debido a la gran presión mediática que se ha ejercido sobre la opinión pública en relación con algunos temas sensibles y polémicos (aborto, homosexualidad, sexualidad en la adolescencia, etc.), somos llevados a pensar que ser políticamente correcto es una demostración de educación, una forma de no ofender a los demás. Lamento informarte que ésta es otra media verdad.
Puedes ser educado y tener tacto, sin dejar de expresar tus reales pensamientos sobre determinados temas o circunstancias. La educación y el tacto pueden tener que ver con la forma en la que dices las cosas, no con la ocultación de la opinión o la distorsión de la misma.

3 – Ser políticamente correcto es fomentar el derecho a la libertad. Puede incluso parecer verdad que al ser políticamente correctos salimos a favor de los menos favorecidos, de los débiles, de las minorías, y fomentamos el ejercicio de las libertades. Esta es otra media verdad tan engañosa como las anteriores… Decir lo que piensas no quita la libertad de nadie. Es justo lo contrario… Si no dices lo que crees y lo que piensas, es tu libertad la que está siendo “secuestrada”. Te están poniendo un bozal y parece que no te importa nada que lo hagan.

Ahora bien, lo más llamativo de todo ello es que los gobiernos modernos están impulsando y poniendo en marcha nuevas leyes que, de alguna forma, están criminalizando la libre expresión del pensamiento.

Antiguamente era la Iglesia (en sus distintas acepciones y agrupaciones) quien ponía las pautas de conducta moral de sus feligreses, y el que se saliera de la línea era excomulgado y se ganaba una pésima reputación ante su comunidad. Hablar a favor de ciertos temas era un verdadero tabú y traía consecuencias muy negativas. Ahora se ha dado la vuelta a la tortilla; son los gobiernos y los medios de comunicación los que dictan lo que es moralmente aceptable o no, y el tabú ahora es hablar en contra de dichos temas. Es decir, los que antes reprimían ahora son los reprimidos y viceversa. Y eso, ¿qué es? ¿Igualdad o revancha?

Es bueno que se asuman y se reconozcan derechos de ciudadanía a todas las personas independiente de su raza, sexo, orientación sexual, clase social, etc. Todo el que paga impuestos y cumple con sus obligaciones como ciudadano tiene derecho a tener derechos. Pero el reconocimiento de estos derechos no se pueden construir sobre la prohibición de que los demás puedan dar su opinión. Eso no es ser políticamente correcto, sino que es forjar una censura encubierta. No podemos sacar a unos del armario para meter a otros. En cierto sentido es lo que está pasando. Al “prohibir” tácitamente la emisión de ciertas opiniones sobre temas polémicos se está forzando a que una parte de la sociedad se meta en el armario. ¡Yo me niego a entrar!

Si esto es lo que la nueva política de los países más desarrollados tienen a ofrecerme, digo: “no, gracias”. Quiero seguir fuera del armario y quiero seguir sintiéndome libre para expresar mis opiniones, teniendo la misma “visibilidad” de los demás.

También es muy curioso que los políticos que están impulsando esta nueva filosofía políticamente correcta, sean los primeros a no ser políticamente correctos en su día a día, en su ámbito de trabajo. Los de derechas y los de izquierdas se insultan mutuamente, cada día, se acusan de presuntos delitos, se enzarzan en cantidad de denuncias y “advertencias”… Y ¿qué pasa? Absolutamente nada. A nadie se le ocurre decir que los de izquierdas son “derechófobos” cuando dicen que los de derechas son de extrema-derecha. Ni a nadie se le ocurre llamar “izquierdófobos” a los de derechas cuando se refieren de forma peyorativa a la izquierda. Es decir, “haz lo que digo pero no hagas lo que hago”. Nos quieren imponer la ley del silencio en ciertos temas (en general temas de índole moral y religioso) pero en términos de política hay barra libre, se puede decir lo que uno quiera, hay libertad ideológica. Pues, deberían de aplicarse el cuento… ¿no?

Por otra parte a la Iglesia, y de la Iglesia (sea católica, protestante, etc.), se puede decir lo que a uno le venga en gana, y a nadie se le ocurre decir que el que lo dice es “eclesiófobo”. ¿A qué jugamos con esta doble moral?

Si se considera que la Iglesia (o la Religión) no puede imponer las pautas de conducta moral, ¿por qué lo pueden hacer los políticos o los gobiernos? Los políticos deberían dedicarse a los temas políticos y la Iglesia a los temas eclesiásticos. Y todos deberían tener derecho a expresar libremente sus ideas. ¿Será tan complicado llevarlo a la práctica?

Igual nada de eso te afecta, de momento, pero como dice el viejo refrán: “Cuando veas la barba de tu vecino cortar, pon la tuya a remojar”.

Y acuérdate que nos apresuramos a criticar la hipocresía de la sociedad en la que vivimos pero solemos olvidarnos que esta sociedad empieza en nuestra casa y con nuestras actitudes cotidianas.

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